martes, 15 de mayo de 2007

Historia de los huasco-altinos

Por Comunidad Huasco-altina en Carta de la Comunidad Agrícola Indígena Diaguita Los Huascoaltinos a su Excelencia, Sra. Michelle Bachelet Jeria, Presidenta de la República Michelle Bachelet












En el Huasco Alto han habitado distintos Pueblos, desde por lo menos el año 4.000 A.C., quienes fueron primero cazadores-recolectores, y luego fueron conformando características propias, lo que permitió el surgimiento de las culturas como Huentelauquén, la Cultura agroalfarera temprana El Molle y la cultura agroalfarera media Las Ánimas. Posteriormente, la cultura Ánimas, se escinde en dos vertientes: Cultura Copiapó y lo que se ha denominado Cultura Diaguita, que es nuestra ascendencia directa.



La Cultura Diaguita se desarrolla aproximadamente entre los años 1.000 al 1.470, dado que después de 1.470 sufrimos la invasión Inca, y luego, en el 1.540 llega Pedro de Valdivia. A partir de 1.540, con la entrada de Pedro de Valdivia a Chile, los territorios indígenas, entre estos el diaguita, fueron objeto de un proceso reduccional, en virtud de la aplicación en Chile de la teoría del “dominio directo”, que disponía que el dominio de la Corona sobre las tierras del Nuevo Mundo permitía la creación de Mercedes de Tierra. El otorgamiento de las mercedes de tierras permitió a los conquistadores apropiarse de extensas zonas de valles y serranías y formar en ellas sus haciendas y estancias, tal y como ocurrió en nuestros valles.



No obstante, el “dominio directo” también autorizaba al soberano a asignarles tierras a los indígenas, bajo la modalidad de un derecho de usufructo, que permitía al indígena usar y gozar libremente de las tierras. Hasta ése momento, manteníamos nuestra propiedad, y con ello todas nuestras costumbres y formas de vida intactas.



Hasta 1.580, las tierras diaguitas del Norte Chico habían sido reconocidas tácitamente por el derecho indiano español, pero la expansión de la propiedad hacendal -constituida en base a las mercedes de tierras-, el traslado de la población indígena obligada a servir en las encomiendas, la reducción de la población y el abandono productivo debido a la imposibilidad de trabajarlas por estar en servicio obligado en las haciendas, impuso la necesidad de deslindarlas para determinar la propiedad indígena y dejarlas sometidas al tributo real. Para estos efectos, fue necesario implementar procesos de mensura y asignación de terrenos en propiedad, produciéndose como consecuencia la reducción de los territorios diaguitas y su sometimiento al régimen de propiedad que correspondía a los llamados pueblos de indios. El primer intento de constitución del Pueblo de Indios de Huasco Alto por las autoridades hispanas, fue a través de la aplicación de lo establecido en el Auto Acordado de la Real Audiencia correspondiente al año 1.642, el que tuvo aplicación general en todo el Reino de Chile(1).



En el Valle del Huasco se encontraban los pueblos de indios de Huasco Bajo, Paisanaza y Huasco Alto. A fines del período Colonial, en el valle del Huasco, las tierras que conservaban los Pueblos de Indios de Huasco Bajo y Paisanaza eran unas pocas, y la mayoría se habían perdido en juicios con los españoles que las usurparon. Excepción a lo señalado fue el Huasco Alto, en el que los indígenas mantuvieron una resistencia social y territorial, impidiendo que se constituyera el pueblo de indios en la década de 1.750, con el que se buscaba reducirnos entre el paraje comprendido entre la Sierra el Tatul y La Angostura (en la Comuna de Alto del Carmen).



Así, a fines de 1.757 el territorio huascoaltino era caracterizado como un valle sin españoles,siendo los indígenas ancestros nuestros, amos y señores de este valle, y la geografía del territorio era un espacio privilegiado para el refugio de la población diaguita local, que se escondían de los encomenderos y del corregidor que tenía su asiento en el valle de los españoles (hoy día valle del Carmen).



A inicios de la República, los pueblos de indios que persisten enfrentan un nuevo proceso de usurpación territorial. En 1.813, la Primera Junta de Gobierno intentó constituir nuevos pueblos de indios que reagruparían en unos pocos asentamientos a toda la población indígena, incluyendo a los diaguitas, con el fin de lograr el disciplinamiento social y el adoctrinamiento bajo los nuevos postulados de la República.



Posteriormente, la Ley de 10 de Junio de 1.823, complementada por la ley de 28 de Junio de 1.830, intentó liquidar los pueblos de indios, ordenando la mensura de estos pueblos para determinar dentro de estos las posesiones indígenas y el resto declararlo propiedad del Estado o fiscal y, posteriormente, rematarla a favor de particulares. A partir del término de este proceso de mensura, la República impuso el discurso de un Chile sin indígenas, entre Copiapó y Bío Bío. El Pueblo de Indios del Huasco Alto se mantuvo al margen de esta historia de reducción y remates de tierras, ya que sus habitantes conservaron aquellas que componían su territorio desde el período colonial.





En efecto, el Huasco Alto fue uno de los pocos Pueblos de Indios que mantuvo su integridad territorial, ya que no obstante ser mensurado y reconocida la posesión material de las familias que lo habitaban, en un espacio que se extendía entre la Sierra de Tatul y las lagunas cordilleranas y que integraba las quebradas aledañas, en un trabajo realizado a mediados del siglo XVIII, más específicamente en 1.750, no se dictó ordenanza alguna que le diera un carácter formal al Pueblo de Indios de Huasco Alto durante la Colonia, como tampoco durante la República. Lo cual permitió que mantuviéramos intacta nuestra posesión y costumbres ligadas a nuestra organización.



La presencia y permanencia de los indígenas huascoaltinos es reconocida en 1.840 por Don Ignacio Domeyko, quien dice “...entre las montañas, en una grieta continental permanece de los tiempos precolombinos el reducto indio Guasco Alto.”2 Así, mantuvimos la propiedad de las tierras heredadas del Pueblo de Indios de Huasco Alto y durante todo el siglo XIX, esperan resolver la inscripción de dominio de las tierras que han ocupado ancestralmente como lo constata el insigne viajero. Algunas tierras de labranzas comienzan a ser inscritas en los registros de los Conservadores de Bienes Raíces, pero el territorio, que involucra a todas la tierras de los valle del Tránsito y sus afluentes delimitados por la líneas de altas cumbres, solo es posible constituirla como propiedad en el año 1.903, cuando se inscriben definitivamente ante la legislación chilena, Domeyko( 1840), las mismas tierras que conservábamos desde la colonia en el Pueblo de Indios de Huasco Alto.





El territorio indígena colonial pasa a denominarse Estancia de los Huasco Altinos. Luego, serán los diaguitas huascoaltinos quienes inscribirán sus posesiones territoriales a fines del siglo XIX, para posteriormente, en el año 1903, estas tierras ancestrales -que comprenden toda la cuenca del río Tránsito y sus afluentes- tomar el nombre de Estancia de los Huascoaltinos, en un espacio territorial que se conserva hasta la actualidad, alcanzando una superficie de 395.000 hectáreas de tierras de pastoreo de uso comunitario, como también aquellas de fondo de valle en que se encuentran las tierras bajo riego de posesión familiar.



A principios de la década de 1.990, nuestra identidad Diaguita aún no se manifiesta públicamente, porque ya nos habíamos acostumbrado a organizarnos como agricultores y ganaderos, y habíamos olvidado nuestra historia, a la par que en nuestras escuelas no nos enseñaban, ni a nosotros ni a nuestros hijos de dónde veníamos y quiénes éramos, debido a ello, durante el proceso de discusión de la Nueva Ley de Pueblos Indígenas, los diaguitas no tuvimos representación. El resultado es que al momento de la dictación de la Ley Indígena N° 19.253, el 5 de Octubre de 1.993, los diaguitas quedamos fuera del reconocimiento explícito de las etnias de Chile que se formula en el articulo 1°, pero implícitamente se nos reconoce, en la denominación “demás comunidades indígenas del Norte del País” que se utiliza en los artículo 62 y siguientes de la Ley.



En el trabajo de la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato que funcionó entre los años 2.001 y 2.003, con la finalidad de emanar un documento que relevara la historia y los derechos de los pueblos indígenas de Chile, se reconoce nuestra presencia diaguita como parte de los pueblos indígenas de Chile, que tienen vigencia contemporánea. En estas circunstancias, se crea oficialmente el Centro Cultural Diaguita a finales del 2.002, teniendo como su primera inscrita a su Ministra de Educación actual, la Sra. Yasna Provoste Campillay. Luego vendrían a constituirse oficialmente los tertulianos y posteriormente, en el 2.003 el Centro Cultural Diaguita de Huasco Alto, con sede en Alto del Carmen, pero con delegados de todo el Valle.







  1. La política de asentamiento y deslinde de Pueblos de Indios en Chile data de 1603, y se funda en la Tasa de Gamboa de 1580, promulgada por el Gobernador don Martín Ruíz de Gamboa, el 8 de mayo de 1580. La Tasa de Gamboa disponía proceder a la reducción en Pueblos de Indios, aunque no sean pueblos de muchos vecinos, debiendo avecindarse quienes “...en comarca de media legua en circuito del pueblo puedan tener tierras para sustentarse.” (Silva, 1962: 88) Por su parte respecto de la radicación la Tasa de Esquilache, del año 1620. La ordenanza pretendía hacer frente al permanente traslado de indígenas y poner término al despoblamiento de los pueblos de indios. Las ordenanzas de Mujica promulgadas en 1647 complementaban las normas anteriores e impedían que personas ajenas a los Pueblos de Indios se introduzcan en ello y usurpen los derechos de los propietarios indígenas. Asimismo, se imponían fuertes sanciones a quienes promovieran el desarraigo de los indígenas y los asienten en lugares diversos a los Pueblos donde fueron reducidos. (Silva, 1962: 129 y 130).

Jaque mate


La verdad sobre la Revolución Mexicana



Por Sergio SARMIENTO


"Después de una revolución uno ve a los mismos hombres en los salones donde se toman las decisiones, y después de una semana a los mismos aduladores".- Lord Halifax.


La historia oficial ha generado un culto patriótico a la Revolución -así, con mayúsculas- que tiene poco sustento en la realidad. Se nos dice, indudablemente con verdad, que la lucha armada destruyó un régimen de pobreza, desigualdad y autoritarismo. Pero no siempre se reconoce que la Revolución construyó otro régimen de pobreza, desigualdad y autoritarismo.


A ocho décadas de distancia ya no podemos darnos el lujo de no ser críticos ante el "régimen de la Revolución". No es que el gobierno de Porfirio Díaz no haya tenido todos los defectos que se le achacan, sino que la Revolución, lejos de cambiar las cosas, las empeoró.


Nadie sabe a ciencia cierta cuántas vidas costó la Revolución Mexicana. La cifra mágica, la que se ha convertido en verdad oficial a fuerza de repetición, es la de un millón de muertos. Si efectivamente la mortandad fue tan alta -ocho de cada 100 mexicanos que vivían en ese entonces- esto se debe mucho menos a las bajas en combate que a las muertes generadas por la pobreza y la insalubridad.


La Revolución Mexicana ocasionó lo que los especialistas llaman una "dislocación" social. Las cadenas de producción y de distribución se rompieron; la economía se desplomó; el país sufrió hambre y epidemias.


Las batallas en sí fueron poco cruentas. Las tomas de Ciudad Juárez y de Celaya, consideradas entre las acciones militares más importantes de la guerra, dejaron saldos de unos cientos o miles de bajas. Los cientos de miles que murieron a lo largo del período lo hicieron por inanición, influenza o enfermedades gastrointestinales.


Lo anterior no desmerece en nada el sufrimiento por la contienda armada: al contrario, le da su dimensión real. Nos dice que el costo de una guerra no se puede medir solamente por las listas de bajas militares: el costo económico y social es mucho más elevado.


Se argumenta que el nivel de vida del país, que se deterioró fuertemente durante la Revolución, no se recuperó realmente sino hasta los años cuarenta. Si se consideran las oportunidades de crecimiento perdidas, tanto por la contienda armada como por el modelo económico de la Revolución, puede afirmarse que en realidad todavía no nos hemos recuperado.


Al término del régimen porfirista el estadounidense promedio tenía un ingreso que duplicaba el del mexicano. Hoy la diferencia es de seis veces. Es verdad que México ha avanzado, pero buena parte del mundo lo ha hecho también; en todo caso nosotros hemos progresado a un ritmo menor que los demás. El avance de México, por otra parte, se ha registrado en buena medida a partir de 1940, una vez que se repararon los efectos de la dislocación de la lucha armada.


¿Queremos hablar de justicia social? No había estadísticas de distribución de la riqueza en 1910. Pero en 1996, según el Inegi, el 10% más rico de la población mexicana recibía 37.9% del ingreso y el 10% más pobre el 1.7%. Es difícil pensar que la situación era mucho peor hace 90 años.


¿Democracia? Sin duda el régimen porfirista era autoritario. Pero ¿acaso la Revolución nos llevó a un gobierno más democrático? En realidad hubo que esperar siete décadas después del final de la contienda para que México pudiera tener elecciones razonablemente limpias y justas.


Quizá la Revolución Mexicana era inevitable. Porfirio Díaz, el viejo liberal que luchó contra la intervención francesa y contra la reelección de Benito Juárez, no supo tomar desde el poder las medidas que permitieran la renovación de hombres e instituciones del Estado. Al final su caída se debió a su incapacidad para permitir el cambio que requería una sociedad que, precisamente por el éxito de los tres decenios de paz porfiriana, tenía nuevas aspiraciones.


El que la Revolución haya sido inevitable, sin embargo, no debería obligarnos a presentarla como un éxito. En realidad fue un fracaso monumental que nos tomó medio siglo, quizá más, remontar. Hay en esto una lección para todos: para un partido que lleva 70 años en el poder y que podría cometer los mismos errores que don Porfirio, y para los aspirantes a revolucionarios que toman las armas con la idea de que quieren beneficiar a los más pobres sin darse cuenta de que con frecuencia las revoluciones, lejos de mejorar las cosas las empeoran.


SALDOS DE LA REVOLUCION


En el prefacio de su libro de 1982 "Saldos de la Revolución", Héctor Aguilar Camín cita un texto de Arnaldo Córdova: "No es extraño que el problema de la historia que hoy hacemos sea, por antonomasia, el de la Revolución Mexicana: es nuestro referente, pensamos a partir de ella, nos movemos por ella o contra ella, en ella y por ella actuamos, sobre ella indagamos el pasado, incluso el más remoto, en ella fincamos nuestro desarrollo futuro, parecido o diferente a ella, por ella somos lo que somos; ella ha acabado identificándonos como un pueblo y una nación".- S.S.- México, D.F., 19 de noviembre de 1998.